El espejo danza petulante ante las caricias del viento. Ocupa
la misma pared, el mismo lugar de la sala por más de 25 años. Jamás había
caído, ni la más intensa ventisca le pudo derribar. Se mofaba de todos los libros,
cuadros y adornos que se ensuciaban o que se despedazaban cada vez que caían sobre
el frio y desaseado parquet.
Cansado de
la actitud arrogante del espejo el clavo que le sostiene decide abandonar esa
vida. No quiere oír nunca más la risa despectiva de esa lámina. No le importa
saber cuál será su destino una vez que su cuerpo se desplome en suelo. Él solo
quiere librarse. Atrevido comienza a salir del agujero que lo ató junto a ese
ser soberbio por más de 25 años. El espejo siente un meneo que le estremece ya
que no corría ninguna brisa. Empieza a sudar, a gritar; no comprende lo que
sucede. En la pantalla del televisor ve su reflejo: asustado, pálido, borroso… cae.
Un estruendoso quiebre de cristales se oye cuando toca el parquet. Libros,
cuadros, esculturas, todos adornos de la sala explotan al unísono en una
carcajada festiva, jovial, viva. El espejo abochornado comienza a llorar, sus
lágrimas se desparraman por todo el piso. La potente risa de los adornos se
paraliza cuando alguien entra en la sala. El espejo comienza a respirar con
alivio. Sabe muy bien que el individuo que entró a la sala recogerá sus partes,
las unirá como ha hecho con otros adornos que sufrieron su misma suerte. Podrá
volver a su misma pared, a su mismo lugar. Pero no fue así. Termino en un lugar
oscuro, maloliente, con otras desechadas y estropeadas cosas. Comprendió que
ese individuo no lo admiraba a él sino que se admiraba a sí mismo. Comprendió
que sólo reflejaba imágenes superfluas. Comprendió que nadie querrá reflejarse
en algo roto, en algo feo. Comprendió que estaba vació. Comprendió que era un
espejo.
Por otro
lado, el clavo, logró su cometido. Se libró de ese ser. Río junto a los demás
cuando vio al espejo llorar. Recibió varios aplausos; fue todo un héroe. Estaba ansioso, no sabía
qué pasaría con él. Muchos de los clavos que caían eran repuestos nuevamente.
Eso le llenaba de alegría. Tal vez sostendría una bella pintura o una magnifica
fotografía. No lo sabía. Su aliento se detuvo por un momento. El individuo
regreso a la sala. Sabía que era por él. Así fue. Lo colocó en su antiguo lugar
pero se caía. No calzaba en el agujero que ocupó por más de 25 años. Su visión
se puso algo borrosa, su corazón comenzó a latir con fuerza, se sintió mareado,
se desmayó… Al abrir sus ojos: el horror.
Es dejado de lado por ese individuo que lo puso ahí por más de 25 años
soportando a ese ser arrogante. Sin ni siquiera darle otra oportunidad en otro
lugar de la pared. Simplemente abandonándolo y dejándolo en una bolsa con otros
clavos enfermos, viejos, oxidados…
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